de esas que encallan sin querer en una playa blanca
y desear, sabiéndolo imposible, regresarla a la mar.
Y mirar sus ojos tan profundamente tristes,
y enjugarle una lágrima amarga,
y estar ahí, tocando impotente su piel,
sintiéndola irse en profundos resoplidos
sin poder, sin tener cómo, devolverla a su mar.
Es como tener ahí, justo a tus pies,
su posibilidad de ser de nuevo vida,
y, no obstante,
mirar su muerte en las manos,
sentir su ahogo en tus ojos,
sin decidirte del todo
a mojar su piel ya seca al tacto
o dejar que el latido muera
muera, muera...
hasta morir entero.
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