Y cuando llueva, levantaré los brazos
para que el agua limpia toque más pronto mi piel.
La sentiré cayendo sobre mis dedos largos,
y como una caricia que resbala en mi espalda.
Levantaré la cara para mirar de frente
las nubes de tormenta que cubren como lápida
el cielo azul, la vida.
Dejaré que mis ojos lloren dulce y salado,
gotas de sal del alma, lluvia dulce que sane.
Me limipará en silencio del dolor, del pasado,
de miedos ancestrales, de sombras, de vacíos.
Beberé la llovizna que humedezca mis labios
y sentiré gozoza la tela de mi blusa
abrazando la piel.
Entonces,
cuando sólo sea agua lo que empapa mi cuerpo,
cuando no quede sal ni dolor enquistado,
cuando haya hecho las paces con el cielo y el viento,
cuando me sienta viva de nubes de verano,
bajaré la mirada, buscaré tu silueta,
y si sigues ahí, te dejaré abrazarme
mientras seco con besos y con sol
las gotas de lluvia jugando en tu sonrisa.