El pasado es doloroso,
es obscuro, inamovible;
como sombra de Hiroshima
quieta, inmóvil y perenne.
Así es el pasado infame,
indolente, cruel, paciente.
Nos mira eterno y macabro,
con ironía, con sarcasmo.
Seguro de sí, sin miedo,
porque se sabe intocable.
Vivir en el pasado
lacera la esperanza,
quiebra la voluntad
recordándote la inercia.
Es ignominia autoimpuesta,
es culpa que se impregna,
es sed de equilibrio inutil,
cáncer del alma autoinmune.
Además es espejismo,
perorata sin interlocutor.
Locura,
suicidio,
profecía que se cumple,
avalancha que no escampa,
pesadilla que se expande.
Monstruo indómito, insurrecto,
que sólo una espada mata:
La mía…
cuando decido soltar
el amorodio que me ata
al dragón de mil cabezas;
que le da forma a mi vida,
que me engaña
insinuándome control.
La mía:
que no es de acero invencible,
que no brilla como espejo,
que no asusta, ni estremece.
Sólo detiene,
hace pausa,
me permite respirar,
abre ventanas al viento,
al sol y a todas sus posibilidades,
al cambio,
a ser yo
sin lastres de plomo marchito,
sin cárceles abiertas
que no puedo dejar.
Ser yo.
Aquí.
Ser yo.
Ahora.
Ser.
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