martes, 14 de octubre de 2008

El pasado

El pasado es doloroso,

es obscuro, inamovible;

como sombra de Hiroshima

quieta, inmóvil y perenne.

 

Así es el pasado infame,

indolente, cruel, paciente.

Nos mira eterno y macabro,

con ironía, con sarcasmo.

Seguro de sí, sin miedo,

porque se sabe intocable.

 

Vivir en el pasado

lacera la esperanza,

quiebra la voluntad

recordándote la inercia.

Es ignominia autoimpuesta,

es culpa que se impregna,

es sed de equilibrio inutil,

cáncer del alma autoinmune.

 

Además es espejismo,

perorata sin interlocutor.

Locura,

suicidio,

profecía que se cumple,

avalancha que no escampa,

pesadilla que se expande.

Monstruo indómito, insurrecto,

que sólo una espada mata:

La mía…

cuando decido soltar

el amorodio que me ata

al dragón de mil cabezas;

que le da forma a mi vida,

que me engaña

insinuándome control.

 

La mía:

que no es de acero invencible,

que no brilla como espejo,

que no asusta, ni estremece.

Sólo detiene,

hace pausa,

me permite respirar,

abre ventanas al viento,

al sol y a todas sus posibilidades,

al cambio,

a ser yo

sin lastres de plomo marchito,

sin cárceles abiertas

que no puedo dejar.

 

Ser yo.

Aquí.

Ser yo.

Ahora.

Ser.

 

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