Había una vez una Sabina
que de un brinco alegre
invadió mi casa, mi cama, mi vida.
Se asomó impaciente,
ojos bien abiertos
y grito potente.
Se prendió a mi pecho
y de un sorbo hambriento
bebió mi presente,
transformó el futuro
y se instaló de prisa
en todos los cuartos
de mis pensamientos.
Tres años más tarde,
un metro más alta,
ojos luminosos
y elocuente habla,
baila todo el día,
rie a carcajadas.
Pero por la noche,
seria y consternada,
se acerca a mi cuello,
me abraza muy fuerte
y en secreto dice
"No te vayas mami,
o voy a estar triste".
Y se duerme pronto
con una sonrisa
pícara y torcida,
y vuelve a invadirme,
de la noche al alba,
mi niña Sabina,
con sus ojos luces,
salta, ríe, llora,
llenando de abrazos
y oníricos besos
mi vida del sueño.
Hasta que a lo lejos,
temprano y con frío,
me despierta un grito,
lleno de energía
y alegre inconciencia...
"¡Mamáaaaa!"
Y empieza de nuevo,
el cuento de siempre,
había una vez una Sabina
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