Qué lejos está el mar de las plantas de mis pies
que ansían su espuma errante.
Qué lejos ése, su silencio acuoso,
que arrulla caracolas y arena de cristales.
Qué lejos ese azul, ese añil de mil calpas de edad
que me mira en su marcha al fin del mundo.
Qué lejos el vaivén, incesante agua de sal
que da vida a la vida, que da muerte a la muerte.
Qué lejos esa orilla de poniente incandescente,
qué lejos su crepuscular pincel de nubes transmigrantes.
Qué lejos su negrura de noche sin estrellas,
su abismo obscuro y rugiente
de perpetuo segundero que no calla.
Qué lejos está el mar, y mi marada lo alcanza.
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